Petite Fée Cosmik

Yerma

Federico Federico García Lorca, 1934

 

 

  Yerma est la deuxième tragédie théâtrale de Federico García Lorca. Et elle est sublime. Son oeuvre (chef) traite encore une fois d'une femme qui est liée pieds et poings avec son destin. Un conseil n'appelez pas votre fille Yerma, qui signifie désert en espagnol, elle risquerait bien de devenir stérile.

    La stérilité c'est tout le thème de cette oeuvre, une femme dans sa pleine jeunesse et beauté, qui s'est marié avec Juan le berger dans la seule perspective de concevoir. Une jeune femme fine, sensible, qui incarne la féminité et la déséspérance. Juan, lui, est davantage intéressé par la prolifération de son bétail que par la prolifération de son foyer. De l'argent, une femme, cela lui convient. Au fond, un enfant aurait tout gaspillé. Yerma cultive la haine face à cet homme qui lui refuse sa raison d'exister. Sans enfant, Yerma dépérit, se lève en pleine nuit, se sent inutile, une moitié de femme.

    Au fond de sa prison, Victor, un autre berger, semble être l'homme avec qui avoir un enfant aurait été possible. Mais la possible relation est ébauchée et Juan quitte le village...

   Dans la société andalouse primitive du XXe siècle, qui avait encore beaucoup de traits du Moyen-Age, l'honneur primait plus que tout, Yerma n'a d'autre choix que de laisser la tragédie l'emporter, plutôt que de rompre son mariage. Et ce n'est pas un sacrifice, son honneur coule dans son sang de la même manière que l'air qu'elle respire s'infiltre dans ses poumons.

   On ne saura jamais qui de Yerma ou de Juan est stérile, diverses explications sont données dans le livre, la sexualité est ébauchée crûment, de manière animale, mais les métaphores poétiques décrivent la sensualité avec délice.

     A la différence de Bodas de Sangre, Yerma est l'histoire d'une personne, l'histoire est centrée sur elle, l'héroïne c'est Yerma, on apprend à la connaître et on suit son histoire sur plusieurs années. Toute la magnificence de la maternité, son humanité, sa sensualité, son aspect le plus charnel, le plus bestial et le plus affectif réside dans ce livre.

Il existe un film de ces pièces de théâtre, Bodas de Sangre est de Carlos Saura d'ailleurs. Il faut que je les voie!

Et maintenant quelques extraits...

Yerma cantando

"¿De dónde vienes, amor, mi niño?

«De la cresta del duro frío.»

(Enhebra la aguja)

¿Qué necesitas, amor, mi niño?

«La tibia tela de tu vestido.»

¡Que se agiten las ramas al sol

y salten las fuentes alrededor!

(Como si hablara con un niño.)

En el patio ladra el perro,

en los árboles canta el viento.

Los bueyes mugen al boyero

y la luna me riza los cabellos.

¿Qué pides, niño, desde tan lejos?

(Pausa)

«Los blancos montes que hay en tu pecho.»

¡Que se agiten las ramas al sol

y salten las fuentes alrededor!

(Cosiendo)

Te diré, niño mío, que sí.

Tronchada y rota soy para ti.

¡Cómo me duele esta cintura

donde tendrás primera cuna!

¿Cuándo, mi niño, vas a venir?

(Pausa)

«Cuando tu carne huela a jazmín.

¡Que se agiten las ramas al sol

y salten las fuentes alrededor! "

(Acte I, tableau 1)

YERMA. Angustia. (Agarrada a ella.) Pero... ¿cuándo llegó? Dime... Tú estabas descuidada...

MARÍA. Sí, descuidada...

YERMA. Estarías cantando, ¿verdad? Yo canto. ¿Tú?..., dime

MARÍA. No me preguntes. ¿No has tenido nunca un pájaro vivo apretado en la mano?

YERMA. Sí.

MARÍA. Pues lo mismo... pero por dentro de la sangre.

YERMA. ¡Qué hermosura! (La mira extraviada.)

(Acte I, Tableau 1)

LAVANDERA I.

¡Ay de la casada seca!

¡Ay de la que tiene los pechos de arena!

(Acte I, tableau II)

 

JUAN. ¿Es que no conoces mi modo de ser? Las ovejas en el redil y las mujeres en su casa. Tú sales demasiado. ¿No me has oído decir esto siempre?

YERMA. Justo. Las mujeres dentro de sus casas. Cuando las casas no son tumbas. Cuando las sillas se rompen y las sábanas de hilo se gastan con el uso. Pero aquí, no. Cada noche, cuando me acuesto, encuentro mi cama más nueva, mas reluciente, como si estuviera recién traída de la ciudad.

(Acte II, Tableau II)

YERMA. No quiero cuidar hijos de otras. Me figuro que se me van a helar los brazos de tenerlos.

JUAN. Con este achaque vives alocada, sin pensar en lo que debías, y te empeñas en meter la cabeza por una roca.

YERMA. Roca que es una infamia que sea roca, porque debía ser un canasto de flores y agua dulce.

JUAN. Estando a tu lado no se siente más que inquietud, desasosiego. En último caso debes resignarte.

YERMA. Yo he venido a estas cuatro paredes para no resignarme. Cuando tenga la cabeza atada con un pañuelo para que no se me abra la boca, y las manos bien amarradas dentro del ataúd, en esa hora me habré resignado.

(Acte II, Tableau II)

MARÍA. No te quejes.

YERMA. ¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a las otras mujeres llenas por dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!

MARÍA. Pero tienes otras cosas. Si me oyeras, podrías ser feliz.

YERMA. La mujer del campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos ¡y hasta mala!, a pesar de que yo sea de este desecho dejado de la mano de Dios. (Mari´a hace un gesto como para tomar al niño.) Tómalo; contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.

MARÍA. ¿Por qué me dices eso?

YERMA. (Se levanta.) Porque estoy harta, porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida, ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua, y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento dos golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.

(Acte II, Tableau II)

YERMA. (A gritos.) Maldito sea mi padre, que me dejó su sangre de padre de cien hijos. Maldita sea mi sangre, que los busca golpeando por las paredes.

(Acte III, Tableau 1)

Si tú vienes a la romería

a pedir que tu vientre se abra,

no te pongas un velo de luto,

sin dulce camisa de holanda.

Vete sola detrás de los muros,

donde están las higueras cerradas,

y soporta mi cuerpo de tierra

hasta el blanco gemido del alba.

¡Ay cómo relumbra!

¡Ay cómo relumbraba!

¡Ay cómo se cimbrea la casada!

HEMBRA

¡Ay que el amor le pone

coronas y guirnaldas,

y dardos de oro vivo

en sus pechos se clavan!

(Acte III, Tableau II)

 

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